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Emilia y Alma, la mamá cachorra

Estaba en el balcón lavándome y peinándome cuando apareció Alma. Vení­a súper acelerada y hablaba tan rápido que apenas le entendí­.
—Emi Emi Emi —me dijo—estaba jugando con mi pelota pero ahora no la encuentro, ¿sabes dónde está?
—No, no lo sé—le dije— pero oye, ¿y tus pancitos?
—¿Qué pancitos?
—Tus cachorros.
—Ah, esos… los dejé en la caja.

Resulta que Alma es una gata mamá muy chica, es mas o menos de mi porte y llegó a nuestra casa hace poco junto a sus gatitos, pero a diferencia de otras mamás, Alma es muy loca y juguetona incluso más que Emilio. Bueno, después de asegurarme que Alma fuera a cuidar a sus pancitos me  fui a la cocina porque mi humana nos habí­a servido comida de cachorro que es la que más me gusta. Me comí­ un plato enterito y quedé redonda como barril, así que me acosté ahí­ mismo con las patas para arriba porque no me podí­a mover y entonces escuché a Alma.
—Hola Emi, todaví­a no encuentro mi pelota.
—Oye, pero que no estabas con tus pancitos.
—¿Pancitos? ¡Ah! se me olvidaron.


Corrí­ a la caja de Alma y me encontré con los pancitos que estaban dando vueltas como canguros al interior de la caja y chupeteaban en busca de su mamá. Como estaban súper helados, me acosté con ellos y entonces me di cuenta que faltaba uno.
—Alma —maullé. La loca de Alma llegó dando saltos, muy feliz porque acababa de encontrar un cordón de zapatilla.
—Alma —le dije— te falta un pancito.
—Sí­, Emi, es lo que te decí­a: que se me perdió la pelota.
—Pero Alma, no son pelotas, son.. ¡aah! quédate con tus pancitos, espérame que ya vuelvo. Entonces salí­ en busca del pancito perdido, estaba muerta de susto porque quizás dónde lo habí­a metido la loca de su mamá. Lo busque debajo de los muebles, detrás de las cortinas, ¡en todas partes! y cuando estaba a punto de llorar, lo hallé colgado en una bolsita de pan. Tomé al pancito por el pescuezo y lo llevé a su caja. Me dio pena porque aquellos pancitos se iban a terminar enfermando si seguí­an solos, pero no sacaba nada con ir por Alma, la pobre era muy chica y no entendí­a nada. Todo el dí­a estuve con los pancitos pero por más que los cuidé parecí­an tristes. No paraban de tiritar y no tomaron ni una gota de  la leche que les trajo Emilio, algo les pasaba y yo no sabí­a qué hacer pero sabía que necesitaban a su mamá con urgencia, pero ella no estaba por ninguna parte. Me quedé dormida con los pancitos y cuando se hizo de noche me despertó un tomate. Sí­, leyeron bien un tomate porque alguien habí­a hecho rodar uno que se deslizó hasta la cajita. Me aseguré que los pancitos durmieran y salí­ a investigar. La que me habí­a arrojado el tomate era Alma, que estaba en el balcón jugando tristemente con las hojas.
—¿Estás enojada conmigo, Emi?
—No, bueno, sí­, un poquito.
—Yo no creo que mis pancitos sean pelotas. De verdad, Emi, no soy tan tonta. Lo que pasa es que yo soy chica y lo único que sé es jugar.
—A mi también me gusta jugar.
—Emi, en mi casa jugaban conmigo todo el dí­a, pero cuando tuve a los pancitos me botaron. Por eso juego con ellos, porque así­ ustedes van a creer que son juguetes y no nos van a botar. Una bola de pelos me subió por la garganta y no súper qué decir. Me acomodé junto a a Alma y le puse una pata en la cara. Alma apoyó su cabeza en mi hombro y botó unas lágrimitas que le sequé con la pata.
—Amiga, aquí­ nadie los va a botar.
Le di un beso de nariz a e hice rodar el tomate hasta la caja de los pancitos. Entonces Alma lo siguió, jugando como la gata chica. Y al escuchar que su mamá habí­a llegado, los pancitos se pararon en el borde de la caja y agitaron sus patas para jugar con ella. Alma los abrazó, los lavó, los peinó y jugó con ellos como si fueran pelotas, pero ahora de una forma más suave. Habí­a entendido que en este nuevo hogar nadie la abandonarí­a.

Hay muchas mamás gato que son abandonadas al tener a sus pancitos. Gatas como Alma que sobreviven en la calle cada dí­a, sin comida ni techo. Por eso es tan importante hacerse cargo de los que uno quiere, quererlos y cuidarlos hasta el final. Saludos de pata, amigos.

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