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El regreso a casa

Había una vez una señora que tenía un hijo pequeño pero muy responsable. Cuando el niño estuvo de cumpleaños, decidió regalarle un gatito muy pequeño y simpático. El niño recibió al gatito con gran alegría y, a pesar de su corta edad, se hizo cargo de todas sus necesidades. Dormía con él, jugaba con él y, como era su única compañía, lo llamó Hermanito.
Pero Hermanito, como todos los gatos pequeños, a veces hacía travesuras y por esa razón, la mamá del niño decidió abandonarlo.
Lo llevó a una plaza y lo metió dentro de una caja de cartón porque aquella noche llovía mucho. “¿Va a venir el niño conmigo?”, preguntó Hermanito, en su idioma de gato. Pero la señora no le respondió.
Hermanito no se atrevía a salir de la caja porque escuchaba ladridos de perro, pero no le quedó mas remedio que hacerlo, pues la lluvia le deshizo la cajita. Empapado, recorrió toda la plaza hasta encontrar refugio bajo un triste arbolito que apenas lo protegía. Y por la mañana despertó hecho una sopa estornudando sin parar.
“¿Dónde estás, niño?”, preguntó Hermanito, “tengo mucha hambre y te extraño”.
Pasaron muchos años y Hermanito creció hasta convertirse en todo un gato callejero que debía luchar por la comida que encontraba en los basureros. Tenía varias cicatrices de peleas y no confiaba en los humanos que lo echaban a escobazos de todas partes. El resto de los gatos callejeros lo respetaba, pero lo cierto es que Hermanito estaba muy viejito y ya le costaba valerse por si mismo.
Llegó la primera lluvia de un nuevo invierno y Hermanito buscó refugio durante toda la noche. Pero los años lo habían debilitado y ya no podía trepar a los entretechos de las casas porque le dolían los huesos. Tal como ocurrió durante su primera noche en la calle, Hermanito se refugió bajo el arbolito de la plaza que ahora era grande y frondoso. Acurrucado sobre la tierra mojada escuchó los ladridos de los perros y no tuvo fuerzas para alejarse. Y como suele ocurrir cuando los seres comienzan a apagarse, recordó sus días de cachorro junto al niño con el que había sido tan feliz.
“Nunca te olvidaré, niño”, dijo Hermanito. Y cerró los ojos.
En la madrugada, en medio de la lluvia, unas manos recogieron a Hermanito, que estaba helado y tembloroso. Aquellas manos lo secaron y lo acariciaron brindándole calor. El gatito abrió los ojos y apoyó la cabeza en los hombros de aquel humano que lo sostenía. Y suspirando se aferró fuertemente a su ropa para que no se separaran nunca más.
“Nunca dejé de buscarte, Hermanito”, dijo el niño que ya se había convertido en un adulto.
Y bajo la lluvia lo llevó de regreso a su casa.

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