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El Pancito flor

 

Un día, mi humana llegó a casa con un pancito. Era tan pequeño que cabía en la palma de su mano y muy pronto se ganó el corazón de todos, especialmente el de Emilio.
Como todos los gatitos abandonados, aquel pancito era muy frágil, tan frágil que podía romperse en cualquier momento. Por eso Emilio lo llamó pancito Flor.
-Pancito -le decía Emilio-, ¿no te da pena estar siempre en tu cajita?
-No -respondía el pancito-, me basta mirarte jugar para alegrarme.
Emilio no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Le cantaba y le hacía gracias para que no estuviera triste. Y el pancito Flor lo miraba con sus grandes ojos cristalinos.
-Emilio -dijo un día el pancito Flor-, muy pronto haré un gran viaje y conoceré todos los rincones del mundo.
-¿En serio, y cuándo?
-Yo creo que pronto. Cuando llegue el invierno.
El pancito Flor decidió partir el primer día de lluvia. Se acurrucó en su cajita, cerró los ojos y por más que Emilio lo sacudió y le hizo gracias, el pancito no despertó.
Emilio no lloró. Simplemente se fue al patio y se sentó bajo su árbol, sin comprender por qué su querido hermano lo había dejado.
-Emilio -le dije yo-, todos estamos tristes por el pancito Flor, por eso debemos estar juntos.
-Sí, Emi, pero ahora quiero estar solito.
Aquella tarde hizo mucho frío, pero Emilio no quiso entrar a casa. Se la pasó jugando tristemente con la tierra del patio y cuando llegó la noche se quedó dormido.
-Emilio -dijo una vocecilla-, mírame, mírame.
Emilio abrió sus ojos y vio una luz hermosa, de todos los colores existentes, jugando entre las ramas de su árbol favorito.
-Pancito Flor -maulló Emilio.
Y, riendo, trepó junto al pancito, deseando que aquella noche no acabara nunca.
Los hermanos jugaron, cantaron y se contaron muchos secretos, y aunque estaban muy felices de estar reunidos, al llegar la mañana, el pancito Flor dijo que debía partir.
-No te vayas, pancito -dijo Emilio.
-Pero hermano -respondió el pancito Flor, recuerda que debo hacer un viaje y recorrer todos los rincones del mundo. ¿Me ayudarás?
-Bueno, ¿pero cómo?
-Ya lo sabrás, Emilio, tú siempre sabes qué hacer.
Emilio despertó y al darse cuenta que todo había sido un sueño, se puso a llorar. Desconsolado, se puso de pie para regresar a casa, mas tropezó con una flor que había crecido durante la noche. Sabiendo que debía cumplir su promesa, el pequeño Emilio sopló los pétalos de aquella hermosa flor, que viajaría por todos los rincones del mundo y dijo:
-Ahora eres una flor de verdad, hermanito.

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