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El gatito que quería una mamá

El pancito Limón Robin es muy pequeño. Llegó a casa hace pocas semanas y siempre está jugando. A veces despierta asustado y es que poco a poco está perdiendo la visión. ¿Dónde se fueron todos?, pregunta en esos momentos de temor, pero Emilio y yo siempre estamos ahí para animarlo.
El pancito Limón Robin se enteró que hacía poco había sido el día de las mamás y, muy feliz, quiso preparar una sorpresa. Así que se fue al jardín en busca de flores de colores, pero se dio cuenta que ya no las distinguía.
“Pucha”, se dijo a si mismo, “ya no sé ver colores, mi ramo será fome”.
Saltando como un conejo apareció Emilio y al verlo tan triste le dijo:
“No necesitas mirar las flores, puedes olfatearlas como los conejos. Conejito, conejito”.
“Ah, que bien”, dijo el pancito Limón Robin, “así será un ramo superoloroso.
Y fue así que el pequeño se pasó el resto del día preparando su regalo.
Había trabajado mucho pero cuando lo tuvo listo volvió a ponerse triste. Y es que el pancito Limón no sabía dónde estaba su mamá.
“Pucha”, se dijo. Y estaba a punto de regresar las flores a su sitio cuando tuvo una gran idea… Regresó corriendo a la casa y al divisar a Emilio, entre las sombras, le dijo:
“Feliz día mamá”.
“No”, dijo Emilio, “yo no soy tu mamá, yo soy chico. Ven, sígueme”.
Y saltando como conejo, Emilio llevó al pancito Limón a mi escondite secreto. El pancito Limón puso sus patitas tras la espalda y muerto de vergüenza me dijo:
“¿Emilia, tu eres mi mamá?
Estiré la nariz y, por sus aromas, supe que aquel ramo estaba lleno de color.
“No, pancito Limón, yo no soy tu mamá. Y tampoco sé donde está tu mamá. Lo siento hermano, muchos de nosotros fuimos separados de nuestras mamás, pero ahora estamos juntos y eso es bueno.
“Entonces boto mi regalo a la basura, Emi?”
“No, no lo botes”, le dije.
Junto al pancito Limón, Emilio conejo y toda la pandilla corrimos al balcón y tomándonos de las patas sostuvimos aquel ramo de colores y aromas inimaginables.
“A la una, a las dos y a las tres”, dijimos.
Y lo soplamos con fuerza.
Uno a uno aquellos pétalos se desojaron y flotaron por las calles, por los árboles, por los parques y por los edificios. Jugaron con el viento y entraron por todas las ventanas, también por la de tu casa, amiguito y cubrieron toda la ciudad. Eran pétalos hermosos, los más hermosos del mundo y como son tantos, sabemos que nuestras mamás las recibirán.

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