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El gatito negro de la suerte

Morocho es mi nuevo hermano. Es muy tímido y todo le sale mal. Y además, es de aquel color que llaman negro, por eso mis hermanos piensan que trae mala suerte.
Hoy mis hermanos jugaban a colgarse de las cortinas. Y Morocho quiso jugar con ellos, con tan mala suerte que al colgarse de la cortina, ésta se cayó, por lo que el pobre quedó atrapado bajo la tela.
Más tarde, mis hermanos se pusieron a jugar con una pelota. La hacían rodar por el living, con gran alegría. “Yo también quiero jugar”, dijo Morocho. Pero al tocar la pelota, la reventó.
Pobre Morocho. Estuvo todo el día tras mis hermanos, intentando participar de sus juegos, pero nada le salía bien. En una sola tarde, dio vuelta un florero, se quedó atrapado en un cajón y se tragó una tapa de bebida. Tantas cosas malas le pasaron que, al final, mis hermanos decidieron que nunca más jugarían con él.
Al escuchar cómo mis hermanos regañaban al pobre Morocho, fui con ellos para decirles que aquello no se hacía. Y entonces, mis hermanos bajaron la cabeza, avergonzados, prometiendo que no volverían a a ser malos con él.
El problema es que ahora Morocho no estaba por ninguna parte, pues se sentía tan avergonzado, que seguramente se había escondido.
Al llegar la noche lo escuché tratando de abrir la ventana.
—Morocho —le dije— ¿dónde vas?
—Me voy porque doy mala suerte. Si me quedo se va a caer la casa.
—Eso no es verdad, no tienes mala suerte, solo te pones nervioso, por eso se te rompen las cosas.
—No, tengo mala suerte porque soy un gato negro y debo vivir con una bruja. Emi, ¿sabes dónde hay una bruja?
—Las brujas no existen y los gatos negros no dan mala suerte. Esas son supersticiones.
Morocho tenía tanta pena que para que no llorara le inventé una historia.
—Mira, Morocho, este es un amuleto de la suerte.
—¿En serio?, parece la campanita de un collar.
—Sí, pero una campanita mágica. Con ella todo te saldrá bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Morocho se puso a saltar y corrió haciendo sonar su campanita.
Por la mañana, mis hermanos me despertaron con sus voces alegres:
—Emi, Emi, Emi —decían—, Morocho es super bueno para los juegos, los gana todos.
Todos estaban felices, sobre todo Morocho, que reía contento de poder jugar.
Cuando llegó la hora de dormir, tropecé accidentalmente con la campanita que le había dado a Morocho y corrí con él, para regresársela.
—Morocho -le dije cuando lo encontré-, aquí está tu campanita. ¿No estabas preocupado por ella?
—Bueno, un poquito, al principio.
—¿Al principio?
—Sí, pero luego me di cuenta que no la había tenido por horas. Y que así y todo, las cosas me salían bien.
—¿Entonces ya te diste cuenta que no era una campanita mágica? -dije tristemente.
—Claro que es mágica, porque me ayudó a tener confianza en mi mismo, pero ya no la necesito.
Morocho se estiró, se relamió los bigotes y me dijo:
—¿Escuchas, Emi? son mis hermanos, quieren que regrese a jugar con ellos.
—Sí, sí, apúrate.
—No pueden estar sin mi, ni un ratito. Ya voy, ya voy. .
Morocho me dio un beso de nariz y regresó a jugar con sus hermanos, contento de ser uno más de la pandilla y un gatito de la suerte.

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