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Descubre la historia de Violeta, una de las hermanitas de Emilia.

Tengo una hermana llamada Violeta. Llegó hace una semana, un día de mucho calor. Apenas entró a la casa, corrió a esconderse y por más que la busqué no pude encontrarla. No estaba preocupada por ella, pues sabía que pronto aparecería. Solo había que esperar.
Cuando se hizo de noche, me fui al balcón a sentir el aire fresco y escuchar los sonidos de mi jardín. De pronto, cuando menos me lo esperaba, algo se movió. Paré bien la nariz y me di cuenta que a mi lado había una mantita que se movía.
—¿Quién anda ahí? —pregunté.
—No me molestes, no me molestes —dijo una voz pequeña.
La que estaba bajo la manta era Violeta, que salió corriendo a toda velocidad. Como soy SuperEmilia, y en la noche puedo ver con mis otros sentidos, me di cuenta que se había escondido bajo el refrigerador. Pero como no me gusta molestar a los que quieren estar solos, hice como que no lo sabía.
Sabía que Violeta tendría que salir en algún momento a comer. Pero eran las dos de la mañana y todavía seguía escondida. Yo ya me estaba durmiendo cuando, inesperadamente, salió de su escondite. Tal como pensé, se dirigió directamente al plato de comida. Esperé pacientemente a que terminara de cenar y entonces dije:
—Hola, me llamo Emilia.
Violeta dio un salto y se cubrió la cabeza con una bolsa de papel.
—Amiga —le dije—, ¿estás protegiendo tu identidad secreta?
—No —me dijo ella—, lo que pasa es que nadie debe verme.,.
—¿Por qué?
—Es que no soy linda.
Se me subió una bola de pelos por la garganta, pues la pobre estaba convencida de lo que había dicho.
—¿Por qué dices eso?
—Es que antes de que me abandonaran vivía con otros gatos y siempre me decían eso.
Sin quitarse la bolsa de la cabeza, Violeta intentó regresar bajo el refrigerador, pero alcancé a detenerla.
—No me quites la bolsa —me rogó—, no quiero que me mires.
—No te preocupes, yo no te puedo mirar.
—¿Y por qué no?
—Porque no veo.
Entonces, con el tacto de mis patas observé la carita de Viloeta. Era redonda como todas las caras y solo tenía una pequeña diferencia: tenía la nariz ladeada.
—Tú no tienes nada raro, pequeña —le dije.
Tomé la pata de Violeta para llevarla al cuarto de los pancitos. Y aunque la pobre no quería que la vieran, se armó de valor y aceptó mi invitación.
Los pancitos jugaban con una pelota, riendo en silencio para que mi humana no los escuchara. Al ver entrar a Violeta, le dijeron:
—Hola, ¿cómo te llamas?
—Violeta.
—Nosotros nos llamamos Pancito tallarín, Pancito, luciérnaga, Pancito girasol y pancitos etcétera. ¿Por qué tienes esa bolsa en la cabeza?
—Es que, es que, es que, es que…
Violeta tenía las patitas cruzadas tras la espalda y estaba a punto de llorar. Ella quería salir corriendo pero de algún lugar sacó fuerzas y se quitó la bolsa. Y entonces sucedió algo mágico.
—Oh —dijeron los pancitos.
—¿Qué, me van a molestar, acaso?
—No, solo queremos decir que eres muuuy linda.
—¿En serio?
—Sí —respondieron los pancitos—, pero no por eso serás la jefa de la pandillita. Toma.
Los pancitos le arrojaron la pelota y Violeta la recibió en el aire. Corrió con ella por toda la habitación, riendo y saltando, y a los pocos minutos ya era una pancito más.
Hay pancitos de todos los colores y de todos los tamaños. Algunos son traviesos, otros silenciosos y otros tienen nombre de flor como Violeta, la pancito más hermosa de la casa.

 

 

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