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Descubre la historia de Emilio y el duende mágico

El pequeño Emilio ya no sabía qué hacer con los pancitos que acababa de rescatar del techo. Y es que por más que intentaba alegrarlos con juegos, ellos estaban apenados porque se habían separado de su mamá y pensaban que no la verían nunca más. Tristemente, Emilio, corrió al jardín y se refugió en el árbol favorito de su hermana para recoger hojas como hacía ella cada vez que quería pensar.
—No sirvo para alegrar pancitos —se dijo Emilio. Y se le sacudieron las patitas solas, de pena y de rabia.
Recogió una mantita que había por ahí y se decidió a dormir una siesta para que se le aclararan las ideas. Justo cuando iba acostarse alguien el dijo:
—Por favor, no me aplastes.
Emilio paró las orejas y dijo:
—Yo no te quiero aplastar, no, no. ¿Quién eres, Señor aplastadito?
El que le había hablado era un ser de pocos centímetros de altura y estaba muy contento de que el gatito no lo hubiera aplastado.
—No me llamo Aplastadito —le respondió—, me llamo Duende.
Y tomando a Emilio de la pata, lo invitó a conocer su casa, que estaba bajo el árbol de Emilia.
Y así fue que los dos nuevos amigos aparecieron como por arte de magia en una cueva en la que había tres cofres.
—Oh —dijo Emilio—, que lindas cajitas. ¿Pero cómo es que puedo ver las cajitas?
—Porque son cofres mágicos —respondió el duende—, y en agradecimiento por no haberme aplastado te daré uno de ellos.
Emilio abrió los cofres. El primero estaba lleno de oro y era, por lo tanto, muy valioso. El segundo estaba lleno de plata y era igual de valioso que el anterior, pero el tercero estaba vacío.
—Oh, esta cajita no tiene nada—, observó Emilio—, está mala.
—No está mala —dijo el duende—, lo que ocurre es que esta caja contiene tu mayor deseo. ¿Qué es lo que más deseas, Emilio? ¿Ojos?
—No sé. Quiero la cajita, señor Aplastadito.
—Bueno, entonces es tuya.
El duende se tocó la nariz y mágicamente Emilio apareció en su casa, con la caja mágica entre sus patas.
—Pancitos —maulló—, les tengo una supersorpresa. Abran la cajita mágica.
Los pancitos, a pesar de estar apenados, corrieron a abrir la caja, pero se llevaron una gran decepción y es que estaba vacía.
—Emilio —dijeron los pancitos—, no nos hagas más bromas pesadas.
Y, extrañando a su mamá, se acurrucaron juntos bajo el sillón para que nadie los molestara.
Emilio agachó las orejas, sin comprender qué era lo que había pasado. Y estaba a punto de echarse a llorar, cuando escuchó unos rasguños en el fondo de la caja. Agitando las cuatro patas, de pura emoción, levantó la caja y supo que su deseo se había cumplido. Pues la mamá de los pancitos había llegado a su nuevo hogar, junto a los pequeños que había perdido hacía tanto tiempo.
—Gracias, Señor aplastadito —maulló Emilio.
Y regresó al jardín para vivir nuevas aventuras.

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