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Descubre la historia de Carrito

Yo estaba en mi escondite secreto cuando mi humana llegó con un gatito. Era pequeño y se escondía en su pecho, como si fuera un cangurito. Hola, le dije. Pero el gatito no me respondió. Qué raro, me dije, ¿le habré dicho algo feo?
Cuando se hizo de noche, todos mis hermanos se durmieron, incluso mi humana. Pero yo me mantuve despierta, porque no podía quitarme a aquel silencioso gatito de la cabeza. Decidida a saber qué le pasaba, fui a la habitación de mi humana.
—Hola, gatito. Soy Emilia, ¿cómo te llamas?
—No tengo nombre —me dijo.
Él estaba junto a la cama de mi humana, quietecito como un muñeco.
—¿Cómo que no tienes nombre? Todos tienen uno. Ven, vamos a jugar.
—No sé jugar.
—Mentiroso, todos saben jugar. —Tomé la pata del gatito para llevarlo al living y entonces el gatito se cayó. En lugar de darme pataditas en la guata o salir arrancando, el gatito se quedó en su sitio, igual que un pequeño espantapájaros—. Te boté, disculpa.
—No te preocupes, siempre me caigo porque tengo las patitas de atrás malas. Lo que pasa es que cuando estaba chico me atropelló un vehículo.
—¡Un vehículo! —maullé—. No puede ser.
—Sí, por eso no sé jugar.


Me dio mucha pena imaginar a un gatito tan pequeño atropellado por un vehículo. Y también me sentí mal por haberlo invitado a jugar, siendo que él no podía hacerlo. Sabía que mi humana lo cuidaría, que le haría sus cosas y que todos lo ayudaríamos. Aun así, me daba pena que nos mirara hacer cosas divertidas sin poder participar. Avergonzada, corrí a mi escondite secreto y ahí me quedé, sin saber qué hacer.
Aquella noche hubo tormenta. Las gotas de lluvia zapatearon en el techo y los árboles se sacudieron haciendo sonar sus ramas. En la madrugada, justo antes de que cantaran los pajaritos, un fuerte viento se coló por la ventana. Mis amigas hojitas entraron al living para no mojarse, pero eran demasiadas y estaban llenando la casa.
Muerta de frío, salí de mi escondite para cerrar la ventana y me encontré con una sorpresa: el viento y mis amigas hojitas habían traído un carrito de juguete, que había quedado atascado en la ventana. Recogí el carrito, cerré la ventana y fui a despertar al gatito.
Mi nuevo hermano seguía junto a la cama de mi humana. No se había movido en toda la noche el pobre. Ni siquiera para hacer pipí.
—Hola —le dije—, te traje un regalo.
—¿Qué es un regalo?
—Un regalo es algo que se da para hacer felices a los demás.
Con un cordón de zapato amarré el carrito a la espalda de mi nuevo hermano y le dije que se moviera.
—Pero si ya te dije que mis patitas están malas.
—No importa, porque ahora tienes rueditas.
Como mi nuevo hermano no reaccionaba, lo empujé muy suavecito.
—Oye —me dijo—, puedo moverme.
—Sí, y no solo eso, con este carrito también podrás jugar.
—No te creo.
—Créeme, yo no tengo ojos y puedo jugar. Todos podemos jugar si queremos. Vamos, te enseñaré la casa.
Tímidamente, mi nuevo hermano se dio impulso con las patas delanteras y salió de la pieza. Estaba temeroso, pues aún no se acostumbraba a su carrito, pero, de repente, un gran trueno salió del cielo y el gatito se asustó tanto que rodó locamente por el living.
—Emilia —maulló—, estoy rodando, rodando a súper-velocidad.
—Así es, gatito.
—No me llamo gatito. Me llamo Carrito. ¡Carrito, y puedo jugar, puedo jugar!

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