Descubre los 5 tips para hacer la maleta perfecta
22 enero, 2018
Descubre la historia de Chonguito
29 enero, 2018

¡Descubre cómo Carrito se convirtió en el gato más rápido del mundo!

Les voy a contar una historia sobre la perseverancia y sobre cómo Carrito se convirtió en el gato más veloz de la casa. Sucedió que un dí­a mi humana trajo un tarro de comida muy rico. Como Emilio y Carrito lo querí­an decidieron hacer una carrera para que el ganador se lo comiera. La carrera comenzarí­a en el balcón, seguirí­a por el living, la pieza de mi humana y luego los competidores regresarí­an al balcón. A Carrito le pareció bien y le deseó suerte a Emilio. “No la necesito”, dijo Emilio, “porque soy más rápido que una liebre”. Y entonces se fue a dormir. Estuvo toda la tarde durmiendo, mientras Carrito recorrí­a la pista de carreras, haciendo ejercicio. Fui donde Emilio y le dije: “Oye Emilio, ¿no piensas prepararte para la carrera?”. Emilio bostezó, se estiró y me dijo: “No, porque tengo sueño y además Carrito ni siquiera tiene patitas”. “Eres muy pesado”, le dije, y me fui al balcón a comer hojitas mientras Carrito seguí­a ejercitándose.

Al dí­a siguiente Carrito se levantó muy temprano a entrenar. Arrastraba su carrito de un lugar a otro, lentamente y luego preparaba muchas maniobras, todo con una gran sonrisa. Emilio, por el contrario se levantó muy tarde y lo primero que hizo fue comerse varios platos de pellet. Yo le dije: “A ver si vas a poder correr con toda esa comida que te tragaste”. “Sí­ que sí­”, me dijo, “porque soy el gato más rápido de la casa”. Entonces dio saltos por el pasillo y todo para que Carrito se picara. Pero Carrito, en lugar de picarse, lo celebró y le dijo: “Que gane el mejor”. “Sí­”, dijo Emilio, “que gane yo”. Cuando llegó la hora de la competencia mis hermanos se pusieron a mi lado, preparados para correr, pensando en su rica recompensa. “Bien”, dije yo, “a sus marcas….”. Carrito movió su cola como un remolino y Emilio se estiró. Ahora tení­a una enorme panza de pellet y cuando di la partida se quedó en su sitio, bostezando y se acostó. Pero Carrito salió rodando, muy contento, haciendo girar sus rueditas.
Carrito rodaba pensando en el tarro de comida, cuando de repente Emilio lo adelantó. “Hola Carrito”, le dijo, “ya me levanté”. Sacudió sus patitas de enano y salió disparado por el pasillo rebasando fácilmente a Carrito. “Vamos Carrito”, maullé. “¿Y por qué le haces barra a Carrito?”, me preguntó Emilio. “Porque tú eres un pesado”, le respondí­. Cuando Carrito llegó a la pieza de mi humana viró para regresar al balcón. Emilio le llevaba mucha ventaja pero le dio por colgarse de las cortinas. “Soy un mono”, decí­a, “un monito campeón”. Carrito pasó bajo él y le dijo: “Vamos Emilio, no te distraigas”. Entonces Emilio se arrojó al piso, se lavó, se dio una vuelta de carnero y se preparó a correr. Pero ya no se podí­a mover porque habí­a comido demasiado. “Ay, tengo la guata redondita”, dijo. Y se arrastró a duras penas quejándose como un abuelito y dijo: “voy a dormir un ratito para desinflarme, total ya gané”. Al despertar no vio a Carrito y en lugar de pensar que habí­a llegado a la meta creyó que lo habí­a dejado atrás. “Súper”, dijo, “ya le gané a Carrito tortuga”. Muy confiado, caminó hacia el balcón, saboreando su premio cuando se dio cuenta que el tarro se lo estaba comiendo Carrito. “¿Por qué te estás comiendo mi tarrito de campeón?”, dijo, enojado. Yo le toqué las orejas y le dije: “Lo que pasa es que Carrito llegó antes que tú porque tú eres flojo”. “Pero que injusto”, maulló Emilio. Quiso quitarle el premio a Carrito y como no lo dejé se enojó y se fue llorando. Estuvo el resto del dí­a preguntándose cómo Carrito le habí­a ganado, siendo que él sí­ que tení­a patitas y era rápido como una liebre. Lloraba mucho el pequeño enano, de puro picado, pero de repente, cuando menos se lo esperaba Carrito se le acercó tí­midamente y le dijo: “Hola Emilio”. “¿Vienes a burlarte de mi porque soy tonto?”, le respondió Emilio”. “No”, le dijo Carrito, “te traje un poquito de comida del tarro, la guardé para que la compartamos”. Carrito dejó caer un poco de comida y Emilio levantó la nariz muy feliz. “Gracias, hermano”, le dijo. “De nada”, le dijo Carrito, “total es harta y ya no tengo hambre”. Y entonces se dieron un saludo de pata. Y así­ fue como, gracias a su perseverancia, Carrito se convirtió en el gato más veloz de la casa y del mundo, y el pequeño Emilio aprendió a no ser tan pesado y creí­do. Y colorí­n colorado este cuento se ha acabado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *