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Aprendamos a mirar con todos los sentidos

Yo tengo muchos hermanos ciegos. Uno de ellos es Pascalita; ella es como yo; siempre cuenta sus pasos y es muy cuidadosa. Otro de mis hermanos ciegos es Negrito, un pequeño de aquel color llamado negro. Pero, a diferencia de Pascalita, Emilio, Amelia y yo, Negrito es un gatito triste, que todavía no aprende a mirar con sus otros sentidos.
Esta mañana, Pascalita, se despertó muy temprano a saludar a Negrito. Se metió en su caja para lavarlo, pero Negrito se puso nervioso e intentó rasguñarla. Hizo esto porque desconfía del mundo y de las cosas que no puede ver.
—No te voy a hacer daño— le dijo Pascalita.
—Déjame solo —le respondió Negrito—, déjame solo por favor.
Negrito se acurrucó en su caja y tristemente se cubrió los oídos para no escuchar todos aquellos sonidos que lo confundían.
Pascalita se quedó muy cerca de la caja de Negrito, pero sin molestarlo. Y cuando llegó la hora de almuerzo le llevó pellet y lo dejó a sus pies para que comiera. Mucho después, Negrito, se atrevió a salir de la caja y se comió un granito
—Hola, Negrito —saludó Pascalita.
Negrito sacó las uñas para rasguñarla y saltando regreso a su caja:
—Te dije que no me molestaras, te dije que me dejaras en paz. Escucho muchos ruidos y me asusto.
—Pero los ruidos no son malos —le dijo Pascalita.
—Sí, son malos, me confunden porque vienen de todas partes.
Con aquella idea en la mente, Pascalita corrió al patio. Y con la nariz bien levantada buscó en todos los rincones y encontró muchos objetos para su proyecto. Recogió una campanita, un cordel , unas pelotas y un globo.
—¿Qué estás haciendo Pascalita? —le pregunté, cuando salí al patio a tomar sol.
—Un regalo para Negrito.
Pascalita arrastró todos aquellos objetos, con la boca, y los dejó junto a la caja de Negrito.
—Te dije que no me molestarás— dijo el pequeño—. No hagas ruido, por favor.
—Es que no te voy a molestar —le respondió Pascalita. Te voy a enseñar que los sonidos son tus amigos. Espera y te darás cuenta.
Pascalita amarró las pelotas al globo y luego, cuando el globo estuvo muy tenso, le colgó las campanitas. A todos nos llamó la atención, lo concentrada que estaba, así que fuimos a averiguar lo que hacía. Estábamos muy atentos, con las orejas bien paradas, e, incluso, Negrito había asomado la nariz por fuera de su caja. Cuando el invento de Pascalita estuvo listo, mi hermana dijo:
—Negrito, como te dije antes, los sonidos son tus amigos. Ellos te indican donde hay peligro, pero lo mejor de todo es que también son divertidos.
—Los ruidos son feos —insistió Negrito.
—Hay muchos ruidos bonitos —dijo Pascalita, sonriendo.
Pascalita hizo sonar el invento que acababa de crear. Pues aquel invento era un instrumento musical que entregaba hermosos sonidos llenos de alegría.
“Tlin, tlin tlin”.
—¿Qué es eso? —preguntó Negrito.
—Es una canción —dijo Pascalita. Y mientras hacía sonar su instrumento cantó lo siguiente:
Nunca estarás solo, hermano
En el verano sentirás el sol
Y el canto de los pájaros te dirá que el mundo es bello
Y saltarás, sobre el campo, entre las hojas
Nunca, nunca tengas miedo, hermanito.
Aquella canción era dulce, pero también era entretenida. Tan pegajosa que todos nos pusimos bailar alrededor de Pascalita, nuestra hermana músico que hacía nacer bellas notas de su ingenioso instrumento.
—Es muy bonita esta canción —maullé.
Y entonces, cuando la canción estaba en lo mejor, escuché como Negrito agitaba las orejas.
—Ven, hermano, baila con nosotros.
Sin perder tiempo, tomé las patas de mi hermano, quien tímidamente se unió a nuestra ronda de hermanos. Pero luego, entusiasmado con los sonidos que mágicamente salían del instrumento de Pascalita, bailó con energía, como un gatito feliz, como un conejo saltarín. Pues por fin había entendido que los sonidos son sus amigos. Y que el mundo se puede mirar con los bigotes y la nariz, pero sobre todo con las orejas.

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